Érase una vez, un par de zapatos que lucían recién salidos de fábrica. Tan pulidos que resplandecían como un rayo de sol.
Su aroma era inconfundible, ya saben, ese exquisito perfume a nuevo. Contaba los días para salir de la zapatera. Su dueño los usaba cada dos o tres meses para ir a la consulta médica. Y cuando eso pasaba le gustaba observar a su paso, a otros pares que lucían apresurados, otros sudorosos, algunos apestosos y unos tantos envejecidos. Admiraba también la elegancia de los tacones femeninos que transitaban a su lado ¡Qué calzados tan bellos!
No dejaba de notar que todos lo miraban, y creía adivinar el porqué. Se sabía hermoso, su piel era de fino cuero, negro como el petróleo. Era una pieza única y costosa. Le complacía mucho más saber que Ricky, su dueño lo atesoraba, porque siempre se refería a él como su par eterno.
Justo a su lado, se acomodó un par de zapatos desgastados más por el uso que los años. Su piel era tosca, sin curtir. Suela de goma burda, con grandes costuras. No era posible apreciar bien si los surcos en su piel eran arrugas o decoloraciones. De inmediato entablo conversación con él. Quería presumir de su pedigrí, decir que era una obra de arte cosida a mano y traído a la vida por un diseñador de fama mundial.
El señor zapato viejo, hablaba con la serenidad de aquel que ha visto mucho y que ya nada sorprende, pero con un timbre de entusiasmo e intriga que hipnotizaba a la audiencia. Eran los zapatos guerreros de su dueño Luisito Comunica.
Había recorrido un sinfín de lugares exóticos y asombrosos en busca de aventuras y aprendizajes. Hablaba varios idiomas, se había hundido en aguas misteriosas y arenas traicioneras, incluso, salvado a su dueño de picaduras mortales. Se enamoró de un par de sandalias punjabi de la India, con los grabados en hilos más hermosos que ha visto en su vida. Esperaba regresar y repetir esa mágica noche.
Contaba que raramente se quedaba en casa, solo en esas ocasiones cuando su dueño debía asistir a reuniones elegantes, de la que siempre regresaba quejándose del par de zapatos clásico que reservaba para tales eventos.
Él en realidad no era tan viejo, solo estrujado y curtido por la aventura.
Su dueño se levantó del asiento y zapato viejo se despidió rápidamente. Lo vio alejarse, con ese andar que tienen los guapos al caminar.
A zapato de Ricky, las fantásticas anécdotas le hicieron caer en cuenta que nunca había zapateado las calles de su ciudad, sus suelas no conocían su textura, ni sabor. Tampoco había caminado bajo la lluvia…ni bajo el sol. ¡Es que jamás había pisado terreno alguno! Cuando su dueño lo compró, ya éste tenía 20 años moviéndose en silla de ruedas.
Cayó en cuenta que no lo envejecería jamás el uso, solo pasaría tristemente de moda.


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